• Alfonso

El vocho



En mi cumpleaños número diez y ocho mi Papá me regaló un carro. Se trataba de un Volkswagen, modelo 1975. O como decimos en México, un "vocho". El carro era más viejo que yo y había sufrido varios golpes durante su existencia y aunque el color principal era azul, tenía catorce colores más producto de distintas piezas que lo fueron reemplazando.


Para alguien como yo, ese pedazo de metal que apenas rodaba era un hermoso Frankenstein. Lo primero que hice fue llevarlo a pintar para que el azul fuera de nueva cuenta, su único color. A las pocas semanas decidí 'estrenar' mi carro y manejar a Chihuahua en Semana Santa.


Chihuahua era mi destino favorito. La casa de mi abuela en la calle Bernal Díaz del Castillo era acogedora, céntrica, cerca de casa de mis primos los Hinostroza, de una cancha de basquetbol y de mis amigos. Por las noches era sensacional ser consentido por mi tía Marta y por las mañanas escuchar los chistes de mi abuela Fiorentina.


Mi tío Leonel también vivía en Chihuahua pero en esos días estaba de visita en Monterrey. Sin pensarlo, decidimos viajar juntos. La distancia entre Monterrey y Chihuahua es de 804 kms. En esos días te tomaba alrededor de unas diez a doce horas. A nosotros nos tomarían tres días.


Salimos una tarde del Miércoles santo. Al carro le faltaba potencia y entre neblina, tráfico, lluvia y altitud nos tomó tres horas llegar a Saltillo. Hicimos buen tiempo a Paila que es el punto medio en el estado de Coahuila pero al llegar allí se nos descompuso el alternador del carro. Era alrededor de la media noche y no había ningún taller disponible.


Tras conversar con alguien en la terminal de autobús, mi tío consiguió un contacto de un mecánico en Parras. Se subió con un camionero y decidimos que yo lo esperaría en Paila y cuidaría el coche. Localicé un teléfono público y llamé a mi casa a Monterrey para informar de los contratiempos. Tenía dudas si alguien contestaría el teléfono porque era una llamada pasada la medianoche. Mi Mamá contestó inmediatamente y tras preguntarme si estábamos bien procedió a informarme "Tu abuelita Tina ha muerto. Tu Papá ya está en Chihuahua, tomó un avión".


Las siguientes horas fueron de tristeza y ansiedad. No sabía cómo le daría la noticia a mi tío Leonel, quien, claramente estaría devastado por la noticia del fallecimiento de su Mamá. Tendría que escoger las palabras adecuadas para informarle en medio de nuestra pequeña crisis vehicular.


Mi tío llegó varias horas después en una grúa. Me dijo que ya había hecho arreglos para que la grúa nos lleve a Torreón a un taller donde se repararía el carro y podríamos continuar el camino. Decidí esperar darle las malas noticias hasta que llegáramos a Torreón para al menos quitarle ese peso de encima. "Son dos horas más", pensé.


Un tramo de la carretera de Paila a Torreón estaba en reparación y había una desviación que implicaba cruzar por secciones no pavimentadas. Había llovido y los caminos estaban llenos de carros atascados en lodazal. La grúa tuvo muchos problemas para cruzar pues había que hacer maniobras en reversa y curvas con zancos donde era prácticamente imposible pasar jalando un "vocho". Hubo tramos que requirieron bajar el carro y ponerlo en cuatro llantas para posteriormente jalarlo con cuerdas. Había un pequeño paso a desnivel construido por tubos de acero por encima de un acueducto. Una señora tuvo un ataque de pánico porque no se animaba a intentar subir el desnivel entre el lodazal. Nadie podía avanzar tampoco. Alguien convenció a la mujer y un joven manejó el carro por ella en esa sección.


Llegamos a Torreón en la tarde-noche del jueves santo. Le sugerí a mi tío que dejáramos el carro en el taller y nos fuéramos en autobús. "Ya pasamos lo más difícil", me dijo. No me animé a darle la mala noticia. Sentí que mi tío se sentía responsable y pensaba que me había puesto en una situación complicada. El sentimiento era recíproco. En un par de ocasiones me preguntó si había hablado a Monterrey para avisar que estábamos bien. Eso me indicaba que se sentía responsable.


"Yo ya hablé pero creo que estaría mejor que lo haga usted también para que en Chihuahua no estén con el pendiente". No me hizo caso.


Mi tío encontró alivio en ese taller de Torreón. Era una casa habitacional de un piso pero que los mecánicos adaptaron como su taller debido a su excelente ubicación en la zona de la comarca. Hizo muy buena química con los mecánicos y conversó largo y tendido con ellos. Toda la casa estaba llena de grasa, herramientas, piezas de coche, botellas de refresco y desechos de comida en el piso. Las paredes y el aspecto del lugar me lo dejaban claro: la higiene no existía en ese lugar.


Me salí y caminé rumbo a una tienda donde comí cualquier comida chatarra. Encontré un teléfono público para avisar sobre nuestra ubicación. En esta ocasión no fue mi Mamá quien contestó, sino Rosa, la señora de la limpieza. "Ya todos se fueron a Chihuahua, mañana es el velorio de tu abuelita".


Regresé al taller para ahora sí darle la noticia a mi tío y al llegar al taller me encontré conque mi tío se había quedado dormido en un catre en un cuarto del taller. No quise despertarlo. La idea de darle la noticia me revolvía el estómago. Pregunté dónde estaba el baño y me senté en el inodoro. Era un baño completo pero la regadera a primera vista se notaba inhabilitada porque se utilizaba el espacio para almacenar piezas o basura.


Noté que un par de cucarachas salieron detrás de la cortina de la ducha. Estoy hablando de esas cucarachas grandes, que vuelan. Jalé la cortina y me encontré que la ducha era su nido. Seguramente se enojaron por mi brusco movimiento y comenzaron a volar, decenas de ellas. Salí corriendo del lugar. Y no sólo del baño, sino del taller.


Corrí por un par de cuadras y me senté en la calle. Cuando me tranquilicé, dejé pasar algo de tiempo y regresé al taller. No había notado en qué momento el lugar estaba vacío. Sólo quedaba un mecánico que escuchaba las noticias por radio y bebía una caguama. Le pregunté porqué no habían echado veneno para matar a las cucarachas y me contestó "¿Para qué quieres matar esas pobres criaturas?".


Intenté como pude meterme en el asiento trasero del vocho y dormir algo, sentí un par de cucarachas en el hombro y las maté con un periódico. Ya no dormí. Ahora mi preocupación era que el carro no fuera invadido por más insectos.


Los mecánicos en la mañana arreglaron el carro y salimos rumbo a Chihuahua. Ya no tenía caso darle la noticia a mi tío. Era mejor seguir manejando. En Delicias nos paramos a comer un burrito de carne desebrada y un café. Mi tío estaba de buen humor y notó que la mesera se parecía a Apolonia, la primera esposa del personaje de Michael Corleone en la película de El Padrino, "Más griega que italiana", bromeaba.


En una esquina una camioneta nos dio un pequeño golpe al carro. No quebró ni destruyó nada pero si propició que al echarse de reversa arrancara la defensa del vocho. El conductor insistió en que lleváramos el carro a un taller y él cubriría el costo de la reparación. No sé cómo convencí a mi tío de que mejor nos fuéramos así y en Chihuahua arregláramos la situación. Metimos la defensa al coche y le seguimos.


Al llegar a Chihuahua nos dirigimos a casa de mi abuela y no había nadie. Fue entonces cuando le dije "Tío, mi abuela falleció. He querido decirle pero no he encontrado el momento. Lo siento". Mi tío suspiró "Todo este viaje la he traído en mente, ahora ya sé porqué".


Averiguamos la ubicación del velorio y nos fuimos. Al llegar, todos estaban allí. Era una sensación muy rara ver a todas las personas que viste al salir y encontrarlas al final en lo que parecía había sido un viaje muy largo. Mi Papá estaba sentado junto al ataúd. Me vio a lo lejos, se levantó y caminó directamente hacia mí. Me dio un beso, abrazó a su hermano y se regresó a hacerle compañía a su Mamá.


Ese viaje de semana santa, jamás lo olvidaré.



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